De mudanza
Cuando era pequeña y bailaba en un grupo de danzas asturianas, las mudanzas eran para mí los pasos más importantes de cada baile. Cuando crecí, se convirtieron en la incómoda -y a veces utópica- acción de transportar todas mis cosas de un sitio a otro varias veces al año, aunque mi hermana Bego es mucho más experta que yo y ella os puede dar auténticos cursillos, si queréis.
Ahora, una mudanza es para mí un cambio de soporte cibernético. Misma ilusión, mismas ganas, misma intención de idear, desvariar y, de vez en cuando, haceros sonreír.
Ésta ha sido la primera casa de Érika Gael, y por eso la atesoraré siempre con cariño, pero algunos problemillas técnicos (no quiero hablar mal de Blogia, que para eso han soportado mis divagaciones durante meses...) me han impulsado a buscar otro refugio:
Espero seguir viéndoos a tod@s los que me habéis apoyado, me habéis animado, me habéis leído, me habéis emocionado, me habéis descubierto, me habéis seguido conociendo un poquito mejor. Toca poner el punto y aparte a una etapa, pero espero que, en la que empieza, tenga aún más cosas que contaros.
Os quiero. Gracias por vuestros comentarios y vuestras lecturas, que han sido muchas más de las que esperaba. Millones de besos!
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Mis alas están sangrando, pero no te las puedo enseñar...
Mi primer rechazo
Como diría mi compañera Lydia, ahora sí puedo decir que soy una escritora en toda regla: he recibido mi primera carta de rechazo desde una editorial.
Paloma Bas, editora de "El Andén", ha tenido el honor de ser la primera en darme la patada con, por supuesto, una más que educada carta de ésas que te hablan de las archimentadas líneas editoriales y en las que me anima a seguir y me desea suerte.
Pues un saludo para ella y su equipo, con todo mi cariño, que al menos han tenido el valor de leerse mi manuscrito, con bastante rapidez, todo hay que decirlo, y de hacerme llegar su valoración final. Esto es todo un logro para una persona que, hasta hace un año, ni siquiera se atrevía a enseñarle a la gente más cercana todas aquellas tonterías que se le ocurría escribir, y con eso me quedo.
Los caminos de la romántica no son inescrutables

Hace tiempo que quiero escribir algo como esto. Me apetece hacerlo para saldar una deuda, conmigo y con los demás. Los que me conocen y los que no, porque ya son muchos los que me han preguntado.
¿Cómo llegué a la Romántica?
Buena pregunta. Técnicamente, empecé con 14 años (precoz, la niña), debido a un padre indeciso, un hoja de pedido del Círculo de Lectores en blanco y un plazo cumplido.
Leí dos -¿o fueron tres?-, y me cansé. Sí, sí, lo admito. Renegué de la Romántica durante años, me volqué en cualquier género que me alejara de ella como si de un brote de peste bubónica se tratara, pero es que... en fin. Que empecé con Judith Macnaught. Sí, sí, la Macnaught. Ésa que escribe todos los libros iguales y sólo cambia el color de pelo de las protagonistas femeninas. La experta en pseudoviolaciones encubiertas. Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo, ¿no?
Reapareció en mi vida hace casi dos años -se hizo de rogar-, con Lisa Kleypas. De nuevo una casualidad. Una revista del Círculo de Lectores, una tarde deprimente y un vacío, no sólo de tiempo, que llenar. Evie y Sebastian lo llenaron. Y ya no pude parar. Muchas cosas han cambiado en mi vida desde entonces; el amor encerrado en papel reciclado persiste.
Después de devorar -literalmente- todos los libros de la Kleypas, publicados o no en España, busqué más. Mi nuevo vicio absorbió mis horas, mi atención, las dioptrías de mis ojos. Se coló en mi interior y me obligó a volver la cabeza hacia otro lado: el lado de la librería en el que se esconde la estantería de novela Romántica.
Cuando me cansé de las jóvenes debutantes londinenses que seducían a granujas y libertinos bajo sus abanicos en Almack´s, me pasé a los castillos escoceses, los pliegues de los tartanes que el viento agita sobre el caballo y las cruentas luchas entre clanes. Tras ellos, le llegó el turno al chick-lit. Tardes enteras con los ojos pegados en las chicas de Marian Keyes, maridos díscolos, trabajos insatisfactorios, compañeras de piso traidoras. Pero esa fiebre también se pasó y me lancé de cabeza a las aguas del Caribe. Siempre hay algún bucanero dispuesto de rescatarte de los tiburones, ¿Lo sabías? Aros en la oreja, pañuelos sobre la frente y tatuajes que recorren el brazo con que se sostiene el timón. Y, yo-ho-ho, una botella de ron. Pero, ¿y qué ocurre si mezclamos lo mejor de todos los mundos vividos, de los países visitados? Karen Marie Moning me hizo viajar en el tiempo y saltarme a la torera las muy elaboradas leyes de la física. Aquella etapa fue genial. Fortalezas medievales, barcos que surcan el atlántico, de nuevo las mazmorras de un castillo escocés.
Y, hace más o menos un año, apareció en mi vida Sherrilyn. La Kenyon. Julian Alexander surgió como por arte de magia de entre las páginas de un libro hechizado, preparando la antesala de lo que sería una de las más prolíficas colecciones de la historia de la Romántica: los Cazadores Oscuros. Tras él llegaron Kyrian, Talon, Zarek, Valerius, Ash, por supuesto, y todos los demás. Vampiros, demonios, fantasmas, dioses. Aposentaron sus indomables traseros en mi disco duro y barrieron de un plumazo a todos los demás. El romance paranormal entró en mi vida como una ráfaga de viento del sur. De viento de Nueva Orleáns. No puedo escribir más. Es imposible. Hace mucho que perdí la cuenta de todas las autoras y colecciones de paranormal que he leído.
En realidad, podría decirse que he perdido la cuenta de todas las autoras y series de Romántica que he leído. Pero no voy a parar ahora. Mi alter-ego, la que se introduce como una sombra en cada historia que lee, aún quiere más. Ha vivido tantas cosas en todo este tiempo... Y las que le quedan por vivir.
Sin Título Destacable

Creo que nunca antes había visto a la gente que me rodea interesarse tanto por mi trabajo literario como estos días pasados. Eso, en el supuesto caso de que de verdad estuvieran interesados en mi labor y no preocupados por mi salud mental, cosa que me parece bastante más probable, cuando me veían entrar por la puerta de la facultad con unas ojeras hasta el suelo, los párpados caídos y el pulso temblón y al instante me preguntaban "¿Qué tal esas 30 páginas?".
Terriblemente, escandalosamente, condenadamente mal. Pero gracias por preguntar.





