Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2008.
Resumen
- 01/07/2008 03:45 - 3:42 am
- 01/07/2008 15:17 - Undead and Unworthy
- 02/07/2008 21:36 - El embarazo más corto, el parto más largo
- 03/07/2008 21:39 - Habemus Xesa
- 05/07/2008 15:18 - Mente-cata
- 09/07/2008 01:08 - Tara
- 20/07/2008 14:56 - Opresión
- 21/07/2008 18:10 - Cosas que me encantan del verano
- 25/07/2008 01:28 - Loco por ti
3:42 am
Sin duda alguna, cierto designio olímpico que desconozco obliga a las musas a trabajar sólo por la noche, y es por eso que el proceso de crear está correlacionado negativamente con el de dormir. La concomitancia de ambos, lógicamente, es imposible, pero es que, además, parece ser también imposible que las letras se adhieran al papel cuando aún no ha oscurecido ahí fuera. Así que, si te dedicas a esto, ya sabes, duerme durante el día porque por la noche tendrás que decidir qué es lo que más te conviene: acunarte con Morfeo o darte una vuelta por la luna con Calíope. Ambas opciones son irreconciliables. Avisado quedas. Se siente.
Ésta es, entonces, la razón de que el día de hoy, primero oficial de mis vacaciones, habiendo dejado atrás los exámenes tras un curso agotador y a punto de disfrutar de un largo verano, sea incapaz de estar tendida y durmiendo a pierna suelta, como todo hijo de vecino y como yo misma merezco. No sólo no estoy roncando ahora, cuando ya pasan de las tres y media, sino que, encima, mis manos se empeñan en desobedecer las órdenes que mi sistema nervioso, al borde del colapso, les envía y toman vida propia ante el teclado.
Son las ironías de la vida del escritor, supongo: después de una tarde completa de darle vueltas y más vueltas a una idea que ha comenzado a tomar forma en tu cabeza, tienes que esperar hasta las dos de la mañana para verla convertida en una realidad, en este caso, en el primer capítulo de la última novela que amenaza con poner patas arriba mi salud física, mental y emocional durante los próximos meses. Y todo, gracias a cierto personajillo con el pelo naranja, metro ochenta de estatura, lentillas de colores y dry martini en mano, que desde hoy tiene un guión que aprenderse: el que yo le escriba.
Undead and Unworthy

Ni muertas ni tranquilas, como a Betsy, nos dejó la Davidson cuando le puso el punto y final a la sexta entrega de su saga No-Muerta, justo en el instante en que nuestro tito Sinclair le iba a dar su regalo de bodas a su Elizabeth.
Al fin, después de la espera, hoy sale a la venta en Estados Unidos (aunque ya lleva tiempo rodando por la preventa, hay q joerse) el séptimo libro, Undead and Unworthy, por el que llevamos meses mordiéndonos las uñas. Queremos ver a nuestra querida reina de los vampiros, una reina que se llama Elizabeth Taylor, odia el negro, vendería su alma al diablo (literalmente) por unos Manolo Blahnik de temporada y bebe daiquiris, en su nueva faceta de mujer casada y madre postiza (parecía q no iba a llegar nunca, pero llegó la boda, en el sexto volumen, llegó, jaja). Y por supuestísimo, queremos ver a nuestro idolatrado, amado, admirado y aclamado rey vampírico, el Mr. Bellísimo Eric Sinclair, soportando todo eso y aguantándose las ganas de lanzar la cuna de BabyJon por las escaleras.
¿Qué nuevas aventuras les habrá preparado esta gran autora?
El embarazo más corto, el parto más largo

Dime una cosa, Érika: ¿cuánto tiempo tarda en formarse en tu cabeza una idea lo suficientemente emocionante como para que decidas dar en tu vida un triple salto mortal? Yo te lo diré: Cuatro minutos y cincuenta segundos. El tiempo que dura una canción. En comparación con lo que vas a tardar en darle una forma a esa idea, habitarla por unos personajes coherentes, creíbles y simpáticos, buscarle tramas, subtramas, estructuras y demás aspectos arquitectónicos, transportarla a unas coordenadas espacio-temporales determinadas y, por supuesto, aportarle tu propio toque personal, el embarazo de tu idea va a durar un soplido. Soplido, sin embargo, con la misma potencia de un vendaval en el Caribe, capaz de trastocar tus planes, modificar tu mente y machacarte tanto el subconsciente que acabarás por desear no haber oído nunca en tu vida esa canción. Ésa es la peor parte. Son los vómitos, las náuseas, los mareos, el ardor de estómago y los tobillos hinchados de la escritura. Cada imagen dispersa en tu interior que pugna por salir al exterior y no sabe el camino, mientras tu alma sabe que, o la dejas salir, o ya te puedes ir preparando para una cálida e infernal eternidad en su compañía.
Hasta que empiezan las contracciones que, en este caso, no tienen que por qué ser dolorosas, ya que cada paso que das hacia adelante actúa como epidural para los siguientes. Y entonces tu criatura, tu dulce y pequeña criatura, comienza a vislumbrar una luz allá al fondo, muy a lo lejos aún, pero hermosa y atrayente. Cada palabra escrita en el lugar adecuado, en el momento adecuado, con el significado adecuado y la belleza adecuada, es un golpe más de tu útero. El problema es que este parto es tan largo... Muy largo. Demasiado largo. Tanto, que a veces piensas en desistir y dejar el trabajo para más adelante. O, directamente, optas por desplomarte en la cama y dejar que el trabajo lo hagan otros. Pero cuando no lo haces, cuando tienes paciencia y luchas con energía por alumbrar una nueva obra, puedes sentir la maravillosa sensación que es dar vida. Y ves cómo, poco a poco (muuuuuuyyyyyyy poco a pooooocooo), los ladrillos se van apilando con tu ayuda unos encima de otros. Y entonces, un día, captas una fugaz sonrisa de uno de tus personajes y te das cuenta de que, si fueras a tener un hijo, te gustaría que sus labios fueran así. Otro, deseas fervientemente que sus ojos tengan el primer color de la mañana, cuando abres los ojos y piensas en ese bebé al que ya le queda menos para venir. Un poco más tarde, ya has visto en los monitores cómo se mueve, cómo habla, quiénes son sus amigos. De quién se enamora (y de quién te enamoras tú, dicho sea de paso). Y notas cómo la vida crece a tu alrededor, alimentándose de la fluidez con que se mueven tus dedos y el amor con que tu mente y tu alma la están creando para ellos. Te parece casi imposible que algo tan hermoso haya salido de ti. De ahí a dar la vida por tu pequeña criatura, a la que le ha costado tanto esfuerzo llegar al mundo, y sentir pánico si te la arrebatan, hay un límite sorprendentemente estrecho. Y es entonces cuando te das cuenta de lo mucho que mereció la pena transformar la emoción de las notas musicales en "La flor del agua".
Habemus Xesa
NOTA: ESTO NO PERTENECE A LA NOVELA. ES UN EJERCICIO DEL TALLER PARA DESCRIBIR AL PROTAGONISTA DE LA NOVELA A TRAVÉS DE UN CUADRO.
La ansiada visita al castillo estaba resultando de lo más decepcionante. Después de estudiar Historia del Arte durante cinco años, era bastante frustrante descubrir que, lo que en primer curso me había parecido fascinante, tras la graduación no tenía otro significado que piedras frías y llenas de moho. En el mejor de los casos, podía encontrar algún que otro tapiz ajado cubriendo las paredes. Habituado como estaba a las letanías baratas de los guías turísticos, supe que en esta ocasión y por enésima vez, nada nuevo me esperaba más allá del pasillo. Por eso, me escabullí con sigilo del grupo de japoneses pegados a sus cámaras que seguían fielmente a Maite y me escondí tras la primera puerta abierta que vi. Una vez me aseguré que nadie me echaba de menos y el alboroto de los flashes se alejó, me giré para ver a qué aburrida habitación había ido a parar. Pero antes de poder inspeccionar el lugar, un retrato sobre la chimenea capturó mi atención y me obligó a acercarme con los ojos fijos en él.
Lo que más me atrajo desde el principio fueron los colores brillantes y la sensación de irrealidad que desprendía la imagen representada en él. A grandes rasgos, se podía ver a una mujer de pie, rodeada de espesa vegetación. Sin embargo, no podía afirmar que se tratase exactamente de una mujer, ya que su altura llegaba a igualar casi la de las primeras ramas de los árboles que la rodeaban, y sus extremidades eran, en cierto modo, volátiles, al igual que el vestido blanco tipo túnica que lucía y que se ajustaba a su estrecha cintura con una banda del mismo color que sus ojos: un azul tan claro que parecía trasparente, haciendo que se difuminaran los límites entre iris y córnea. Los mismos ojos que miraban directamente al espectador a través de unas pestañas tan blancas que daban la impresión de estar cubiertas de nieve. Su rostro era fino, pálido, con la barbilla puntiaguda. Pero, sin duda, lo más sorprendente del cuadro era el tono de sus cabellos. Naranja. Un naranja refulgente, chirriante, como si algún gamberro del veintiuno lo hubiese pintado con un rotulador fluorescente. Eso era, junto con sus desproporcionadas caderas, sin duda algún símbolo celta de fertilidad , lo que más desconcertaba ver desde el punto de vista técnico. Desde mi punto de vista, no obstante, lo más increíble de todo era el halo de seducción que envolvía a la criatura. Éste era tan fuerte que, por un instante, mi cordura se descontroló y pude jurar que yo ya había sentido esa aura antes, en alguna parte.
Mente-cata
Realmente he terminado por darme perfectamente cuenta que la que escribe es, en su propia opinión personal, una verdaderamente fanática de la utilización de los adverbios que acaban en -mente, las formas verbales compuestas, pretéritas y pasivas, y las yuxtaposiciones y subordinaciones varias.
La que escribe, por tanto, está completamente de acuerdo en lo cargantemente, pedantemente y arcaicamente que resulta su estilo literario cuando no se preocupa de cuidarlo como éste realmente se merece, un horriblemente adquirido vicio en mi otra profesión, la de estudiante universitaria veinte horas al día, y profusamente practicada. Como les sucede a los buenos cantantes, que se ven obligados a emplear frecuentemente técnicas no del todo ortodoxas cuando les contratan en alguna orquesta de pueblo, y eso acaba por perjudicar seriamente sus cualidades vocales e interpretativas, fuertemente arraigadas, podría decirse igualmente que, a una servidora, el hecho de verse forzosamente obligada a desarrollar extensamente ideas someramente expuestas, para entonces ser capaz de rellenar el mínimo número de folios exigidos en las diversas entregas, prácticas, trabajos, informes, y demás obligaciones académicas, acaba por afectarle a las neuronas preocupantemente, y éstas deciden, arriesgadamente, optar por tomarse libremente las atribuciones que menos les convienen y, así, incluir todo tipo de adverbios finalizados en -mente, formas y giros verbales rozando el límite de lo incorrectamente escrito y, por último, oraciones imposibles de leer solamente en una inspiración y que, eso sí, estéticamente quedan realmente preciosas sobre el papel cuando la abajo firmante puede comprobar que, de una miserablemente corta anotación mental, tiene la competencia lingüística suficientemente desarrollada como para dar lugar a una extensamente profusión de renglones y párrafos que, seguramente, le ayudarán a proporcionarle una alta nota en la asignatura de rigor.
En otras palabras: mi verborrea escolar es perjudicial para mi salud literaria. Soy capaz de escribir con sólidez y depuración si me lo propongo, pero en cuanto me descuido un poco... ¡ZAS! Ataca el subconsciente y ahí hay un nuevo adverbio de más, un montón de comas sin sentido o una forma verbal de cuatro palabras que se podrían resumir en una. Así que, ¡a practicar, Érika! Espero haber soltado los mentes suficientes en este texto como para que se me pase el síndrome de abstinencia por una buena temporada...
Tara

¿Qué es Tara?
¿Donde se encuentra Tara?
¿Quién vive en Tara?
¿Cómo es Tara?
¿Qué queda de Tara?
¿Cuándo floreció Tara?
¿Por qué Tara?
¿Cómo se llega a Tara?
¿Y cuál es el efecto del sol sobre la piel de Lugh en Tara?
¿Y qué impresión se llevó Xesa de Tara la primera vez que la vio?
¿Y cómo suena la hierba al pisarla a la sombra de un monolito en Tara?
¿Y cuál es el tacto de la piedra húmeda de Tara bajo los dedos?
Desde hoy hasta septiembre voy a odiar Irlanda y la escasa documentación disponible con todo mi ser, pero resulta a la vez tan gratificante encontrar la respuesta a todas estas preguntas en mi propia imaginación... Poder viajar a tantos lugares, conocer tantas emociones, crear, recrear y reconfortar... Y es por eso también que todos los momentos de frustración y arranques de desasosiego se ven recompensados.
Opresión
A través de la molesta pluma pude comprobar que un nuevo invitado había llegado a la fiesta. Bajo las imponentes puertas dobles, la guardia del duque de Stratford se hizo a un lado. Un hombre alto, sin disfraz, se abrió camino entre la multitud eufórica, silenciándola a su paso. Los cascabeles de los bufones tintinearon; luego se detuvieron. El extraño posó su mirada sobre las joyas de las damas; éstas refulgieron. El reflejo destelló en las paredes de brocado blanco y oro y todo se fue llenando de una opacidad flemática. El burdo cordón de terciopelo se dilató y la lámpara de araña que sostenía se cernió amenazadora sobre nuestras cabezas. Pesada. Abrumadora. El techo, de pulcra escayola, descendió con avidez unos cuantos centímetros y el aire se volvió plúmbeo, irrespirable. Mis tímpanos, mi garganta, mi pecho. Vibraban con un agudo insoportable. Mis tímpanos, mi garganta, mi pecho. Se inflamaban hasta el dolor. Suelta esa maldita cosa, quise escupirle al arpista. Pero la imagen del arpa sobre la tarima de madera turbia sofocó mis palabras. Uno a uno, cayeron todos los instrumentos. No quedaban más opciones. Era el silencio el que me hería. Era el silencio el que me estaba haciendo eso.
Mi cabeza se desplomó son control hacia adelante. ¿Qué demonios me pasaba? Las velas sobrecalentaban mi nuca desde sus candelabros de plata. ¿Qué era aquello? Antes de cerrar los ojos, oí un jadeo al otro lado de la habitación. Aire. Procedía de las vidrieras, separadas por columnas de estilo clásico. Aire. Los cristales de colores temblaron y se convirtieron en un millar de astillas que sobrevoló el ambiente de gelatina. Aire. Era una agonía. Aire. Aire. Aire. La consciencia me abandonó. Justo antes de desplomarme sobre el suelo, vi que mi propio sudor se mezclaba con la sangre espesa y oscura que serpenteaba entre las baldosas de travertino.
Cosas que me encantan del verano

Me encanta porque es domingo. Me encanta porque son las 2:18 de la madrugada. Me encanta porque mañana no madrugo. Y el calor del poniente entra espumoso por la ventana abierta y la persiana subida. Los esbozos pegajosos de lo que pronto se convertirá en sudor si no le pongo remedio me amalgaman las raíces del pelo y presionan los poros de mi piel, mientras las cortinas se contonean y chocan con mi frente, enviando hasta mi la brisa marina, el ruido de las fábricas y el brillo decadente de la noche. Pero el ruido es eclipsado por canciones que retumban en mis oídos y me retrotraen a otros días, otras horas de luz y olas que me revientan en la nuca, de salitre y after-sun, de gaviotas chirriantes y mejillas incandescentes. Días como fue el de ayer y como será también el de mañana, separados por noches tumbada en esta cama enorme y azul que parece una piscina, con todos los papeles desparramados sobre las sábanas, la espalda protestando por lo incómodo de la postura y el bolígrafo echando humo. Días separados por noches como ésta, en la que Xesa sonríe desde mis labios antes de zambullirse en el agua, Lugh lucha por respirar con normalidad y porque la sangre no se le atasque entre las piernas y Quelo refunfuña y se arrastra por un trozo de comida sólida.
Y así, por primera vez en mucho tiempo, dándoles vida a ellos puedo sentir que la mía está en el punto exacto en el que siempre debió estar.
Loco por ti

Según la teoría del caos, el aleteo de una mariposa en el Caribe puede desencadenar un huracán en Japón. Según Jennifer Crusie, la aparición repentina de la perrita Katie en la anodina vida de Quinn, puede dar lugar a cambios drásticos en todo un pueblo típicamente americano.
Seré simple y concisa: un libro perfecto. Una historia que tiene de todo, un escenario como puede ser cualquiera de los lugares en los que alguna vez has estado, unos personajes como los que te cruzas por la calle a diario y, sobre todo, una cercanía pasmosa a sus pensamientos y sentimientos a lo largo de todas y cada una de las páginas. El aburrido tópico de “es que me siento identificada con los personajes de tal o cual novela” rompe moldes aquí y, por una vez, he de admitir sin vergüenza que es del todo cierto. HOLA, SOY ÉRIKA Y YO TAMBIÉN ME SIENTO IDENTIFICADA CON LOS PERSONAJES DE ESTA NOVELA. GRACIAS.
Fresca, diferente, amena, vital, divertida y dramática al mismo tiempo, impulsiva… así es esta novela. Y quien diga que no se ha enamorado de Nick y los sofás rojos después de leerla, miente. Y quien no haya sufrido un par de dejá-vu durante la primera escena de cama de Nick y Quinn, que tire la primera piedra.
Encontré este libro de casualidad, a la venta por cuatro duros, en una estantería del Relay de Méndez Álvaro, en Madrid, un viernes a las 8 de la mañana mientras esperaba para ir a Barajas. Lo confieso: lo compré porque me llamó la atención la portada, algo en lo que una buena lectora de romántica que se precie no se debería fijar jamás por razones que no precisan explicación. A las 4 de la tarde aterricé en Birmingham y ya había leído las dos terceras partes. Después de una de las mejores experiencias literarias de los últimos tiempos, estoy deseando volver a perderme una vez más entre los estantes de libros de bolsillo de las terminales, a ver qué nuevas e inesperadas sorpresas me aguardan. Lo dicho, Jennifer Crusie no deja de pillarme desprevenida con cada nueva creación suya que leo. Se está introduciendo ella solita en el panteón y muy merecido se lo tiene…





