Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2009.
Resumen
- 01/01/2009 19:07 - Feliz Año Nuevo
- 02/01/2009 20:30 - Todos los derechos reservados
- 03/01/2009 14:55 - Año 1 d.C. (después de la Caída)
- 08/01/2009 17:03 - Nuevos talleres de La Máquina China
- 09/01/2009 14:14 - Arde el cielo
- 12/01/2009 23:34 - Arrancamos
- 16/01/2009 23:11 - Nothing´s what it seems in New Orleans
- 21/01/2009 00:33 - Patrón de abuso de palabras
- 25/01/2009 02:44 - Reflexión tras leer LA GÁRGOLA, de Andrew Davidson
- 29/01/2009 18:34 - La Gárgola
Feliz Año Nuevo

Un brindis por todas las cosas buenas que ya se han ido y por las maravillosas que nos aguardan a la vuelta de la esquina. Bienvenido, 2009.
Todos los derechos reservados

Cuatro palabras que estaban deseando ser escritas.
Año 1 d.C. (después de la Caída)

Largo y penoso es el camino que desde el infierno conduce a la luz; fuerte es nuestra prisión [...]
John Milton, El paraíso perdido.
Nuevos talleres de La Máquina China
1.- II Edición del Taller de Escritura de Novela Romántica
2.- I Edición del Taller Tutorial de Novela Romántica
Más información en:
http://www.lamaquinachina.com/aulas/
El 2 de Febrero, la vuelta al cole...
Arde el cielo

A alguien en el inframundo no le deben de parecer suficientes todas las veces que he caído ya en la tentación.
Por si no hubiera tenido bastante con Cazadores Oscuros, Cazadores de Sueños, Weres, Daimons, Hermanos de la Daga Negra y Carpatianos, lo he vuelto a hacer. Me he vuelto a enganchar. Ahora les llega el turno a una nueva familia de vampiros, los Darkyn, nacidos de la pluma de Lynn Viehl.
Y, en realidad, no sé por qué. Sólo he leído el primer libro de la serie, Arde el cielo, y los demás, aunque comprados sus derechos (creo) por Talismán, no tienen intención de ver la luz en un futuro próximo en España. Además de ese grave inconveniente, el final de la novela fue tan abrupto y aséptico que me dieron ganas de tirarla a la chimenea (si la tuviera). Las tramas secundarias son densas y agotadoras, más cuando los antecedentes no quedan del todo claros. La acción principal tampoco se salva de la quema: unas veces encandila, pero otras... aburre. Hay conflictos que quedan sin resolver y personajes (muchos) que sobran desde el principio.
Pero este libro tiene tres cosas no buenas, sino maravillosas, y por eso me declaro fan acérrima de esta serie mediocre a la que nunca podré poner punto y final:
1.- Una de las mejores protagonistas femeninas que me he encontrado en Romántica Paranormal. Alexandra es la neófita que tanto tiempo llevaba buscando: tiene un par de ovarios, un par de tetas y un par de colmillos, por ese orden, que no te van a dejar indiferente si la conoces. Por no hablar de su lengua, más afilada aún que los incisivos a los que protege.
2.- El tono tiene una sordidez y lugubriedad tales que lo único que puedes hacer ante ellos es rendirte a su belleza. Es un libro oscuro, de principio a fin, y no toda la penumbra se la llevan los que no ven la luz del día. Ése es uno de los grandes puntos a su favor. Es polémico, irreverente y sucio, pero cuando haces balance, te das cuenta de que en ningún momento escandaliza, falta al respeto o hiere. Me quito el sombrero ante la depravación casi poética.
3.- Probablemente, sean los vampiros mejor construidos desde los tiempos de Anne Rice (hay una influencia clara y se nota). En mi opinión, incluso, superan a la maestra: no hay ataúdes, ajos ni los manierismos afeminados de Drácula, Lestat y compañía. Pero muerden. Excitan. Tientan. Ríen. Y me encantan.
Arrancamos

Estrella de la mañana. Lucero del Alba. Guía mis pasos en tu oscuridad. Arráncame el alma a través de las yemas de los dedos, porque hoy, 12 de Enero, he escrito las primeras palabras, he puesto la primera piedra de tu palacio infernal. Hágase tu voluntad sobre mis manos. Y, por supuesto, arrástrame a la tentación.
Y tú, ¿caerás también?
Nothing´s what it seems in New Orleans

Carlota puso un pie en la escalerilla del avión, y la humedad pegajosa de Luisiana le golpeó el rostro. Bienvenidos a New Orleans… la ciudad donde nada es lo que parece.
Patrón de abuso de palabras
Te miro cada día, cuando el monitor se ilumina, para creerme que estás ahí, que es verdad. Que lo que llevo pensando durante todo el día no es un sueño o una quimera barata, sino una realidad construida letra a letra. Tecla a tecla.
Abro y cierro cien veces el documento. Podría cambiar esta palabra, ahora. Podría iniciar otro párrafo. O tal vez leer el primero. Podría hacerlo. Podría. Es sólo que... eres tan importante... Tan jodidamente importante que no me atrevo a tocarte para no cometer un error. Pienso que tu cabecita se irá hacia un lado si te toqueteo demasiado, o te harás daño si te resbalas en la bañera esta tarde.
Me siento ante mi dosis. La contemplo de nuevo. Y el tono... ¿Dónde está hoy el tono? Tal vez está canción me ayude a recuperarte. Si te envío rosas rojas me llamarás ñoña y entonces acabaremos discutiendo, así que prefiero reencontrarte en la música. Observo mi dosis. Está pulida, no hay peligro. Y la música penetra en mis oídos, y me invita a volar, y me hace subir. Aunque sepa que después vaya a caer.
Golpeo el teclado. Inspiro con fuerza. Esnifo, una a una, todas las sensaciones que pretendo describir, para dejar que se cuezan en mi cerebro. Para matar las neuronas que me quedan y llenarlas de pasión. Inhalo la fragancia que despide tu pelo. Y te tengo, logré tenerte entonces y te tengo ahora. Tengo tus gafas de sol, tu chaqueta de cuero, tu cuerpo fibroso. Tengo tus alas negras y tus ojos de lo perdido.
Me inyecto en la vena todo lo que escribo. Frases que se acumulan y colapsan la jeringuilla. Te necesito cerca. Porque no puedo vivir sin ti. Porque no quiero hacerlo. Porque me molestaría muchísimo tener que aprender a vivir así de nuevo. Y ella está triste, pero sé que si sigo fumando alcanzaremos juntas la felicidad. Y tengo también su aroma, la tentación del diablo. La nuestra. La suya. Lo vamos a lograr, ¿verdad?
Me dejas exhausta, pero necesito más. Un poco de voluptuosidad en la lengua. Eso me parece bien. Así que me dejo arrastrar de nuevo, y las cien veces que me pongo en pie vuelvo a dejarme vencer. No puedo parar. No puedo parar. Sólo un renglón más, un párrafo, una escena. Cuenta caracteres, ¿cuántos llevas? ¿Cuántos has escrito hoy? Cuidado con la sobredosis, te acecha con sus ojos azabache en la penumbra.
Te dan las tantas y no quieres que se acabe. Tus ojos inyectados en sangre gritan por más, y lo mejor que puedes hacer es dárselo, porque, si no, lo único que harás será dar vueltas en el vacío de las sábanas. Sigue mi consejo. Haz lo que te pidan tus ojos. Mañana será otro día, bien. Pero tendré que esperar tanto hasta volver a ti... Hasta que vuelvas a despertarme del letargo y pueda mascar con fruición tu esencia.
Y, cuando amanezca, tendré que hacer mil cosas antes de encontrarme de nuevo con tu vicio. Salir, entrar, sentarme y volver a ponerme en pie. Tendré que hablar, pero también que guardar silencio. Ver cómo pasa el día entre clases, chismorreos, una chocolatina, aburrimientos, música a todo volumen y pensamientos. Apuntes, silencios y sentimientos. Comidas, palabras (aunque no de las que me gustaría) y vuelta a empezar. La maldición de febrero está ahí, y yo me pregunto cómo puedo estudiarme diez temas sobre conductas adictivas para el día 12, si a lo único que estoy enganchada es a vosotras, mis preciosas palabras.
Reflexión tras leer LA GÁRGOLA, de Andrew Davidson

Que las historias de amor con finales felices me apasionaban no es nada nuevo. Que mi ansia casi maníaca por que esa felicidad no se extinga nunca es directamente proporcional a la cantidad de libros que leo y años que cumplo, sí que lo es.
Cuando era pequeña, me conformaba con el efectivo “y fueron felices para siempre”. “Para siempre” era todo lo que necesitaba saber para imaginarme una dicha absoluta durante largas vidas, pero, de repente, “para siempre” se convirtió en un concepto ambiguo. Un breve e inespecífico período de tiempo que podía apagarse con la celeridad de una cerilla. La vida se ve cada vez más corta a medida que la vives, y “para siempre” nunca es suficiente.
Debido a mi prematura y palpitante insatisfacción, opté por el mejor camino que encontré: los finales tristes. No tenía ni 16 años cuando Erik me obligó a girar la cigarra o el saltamontes, cuando su repugnante deformidad dejó manchas oscuras bajo mis ojos, y cuando su experiencia con las trampillas me mostró que es posible amar más de lo que cualquier persona cuerda puede llegar a hacer con una simple nota musical. Y todo para nada, porque Christine se largó con Raoul y ni mis lágrimas ni las de cristal tallado que pendían iridiscentes de la enorme araña en el techo de la Opèra Garnier pudieron evitarlo. Pero todos sabíamos que, en el fondo, Christine siempre amó al Fantasma.
El problema de los finales tristes es que necesitas aferrarte a un consuelo, por idiota que éste sea, para no echarte a morir cuando llegas a la última página de la historia y cierras las tapas. Aunque a veces no lo haya. Aunque Christine se case con Raoul. Aunque la carta que Amantea le envió a Víctor nunca fuera abierta. Aunque Ultimo nunca llegara a darse la vuelta en aquella gasolinera y viera que era Elizavetta la que conducía el Jaguar plateado.
Y ahora, al leer la “La gárgola”, podría decirse que he alcanzado el clímax de tristeza por libro que requería para entender que ya ni el “unidos en la muerte” funciona en mi caso. Porque a veces la muerte no une. A veces la muerte se convierte en un período fútil de setecientos años de espera. Y, a veces, esos siete siglos se hacen tan largos y agotadores, que ni siquiera la esperanza de felicidad al final del camino puede hacer que te apartes de tu objetivo final: la liberación.
Lo malo de leerte en enero el que sabes que va a ser, con total seguridad, el mejor libro del año, es que por delante sólo te aguardan once largos meses de expectativas incumplidas.
La crítica oficial, otro día. Todavía tengo que reponerme de la sobrecarga emocional que me supuso este libro.
La Gárgola

Andrew Davidson explicaba, en la carta de presentación que le envió a su editor, las 10 razones por las que “La Gárgola” no debía ser publicada.
En mi modesta crítica, yo voy a enumerar a continuación los 20 puntos por los que la gente debería leerla:
—Del primero al décimo se resumen en uno: porque sale Marianne Engel. Y se trata de la obra de un principiante. El día que yo logre un personaje como ése, entonces sí cumpliré mis amenazas. Llamaré al espectro de Orson Welles y juntos crearemos el club de fracasados que no lograron superarse a sí mismos.
—El undécimo es fácil: porque se compone de seis historias de amor, desgarradoras de principio a fin.
—El duodécimo: por el que es, para mí, el plan de suicidio mejor descrito de la literatura. A partir de ese “click”, ya no pude parar de leer.
—El decimotercero: porque el mero trabajo de documentación del autor lo merece. Andrew Davidson dice que invirtió siete años de su vida en “La Gárgola”. Estoy convencida de que, de esos siete, cinco los pasó íntegros en la unidad de quemados del hospital. Los resultados, a la vista están.
—El decimocuarto es obvio, en mi caso: porque mezcla en la misma historia “La Biblia” y el “Inferno” de Dante, con el porno, la coca y la morfina. Y lo hace con maestría.
—El decimoquinto, que también es fácil de identificar: porque sus páginas están plagadas de gárgolas y grotescos, ángeles de piedra, alas tatuadas y figuras de vidrio. Objetos que hablan por sí mismos, que te introducen en un mundo de desesperada hermosura.
—El decimosexto: porque el final es tan previsible que no pude parar de llorar desde la mitad de la trama, intuyendo lo que vendría. Benditas sean las catarsis que me producen los libros.
—El decimoséptimo: porque cuando llegué al final me di cuenta de que no tenía ni puñetera idea de cómo se llamaba el protagonista. Y no me importa, porque Fulano o Mengano tocó mi alma de todas formas…
—El decimoctavo: por la soberbia primera escena en que aparece Marianne Engel. Su primera frase (Te has quemado. Otra vez) da una idea de lo incondicional e irracional de su amor, y logró ponerme los pelos de punta.
—El decimonoveno: porque ella solita, por mérito propio, se ha colado dentro de mi panteón de “Grandes historias de amor, devoción y desesperación”.
—El vigésimo y último: porque no sobra ni una palabra y, en cambio, sí faltan trescientas páginas que Doubleday, su editorial, le obligó a desechar. QUIERO QUE ME LAS DEVUELVAN.





