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Autoengaño (versión reducida)

Ejercicio práctico sobre expresión de afectos para ANIMACIÓN, SERVICIOS EDUCATIVOS Y TIEMPO LIBRE

13-9-2031

Querida Susana:

Te preguntarás por qué. Por qué te escribo, por qué ahora, por qué después de casi 50 años. O tal vez no, tal vez estés preguntándote solamente quién soy, quien es ese Pablo que firma estas líneas, y eso sólo me ayudaría a demostrarme a mí mismo lo que tanto me empeño en negar: me has olvidado.

Creo que no te puedes impaginar lo mucho que me defraudaría saber eso. Si te marqué de una forma tan pobre, sólo a mí puedo culpar, y la culpa y el retordimiento me atormentan. Remordimiento por no haberme atrevido en cinco décadas a decirte que te quiero. Culpa, por haber tenido la oportunidad y ser tan cobarde como para no hacerlo.

Pasó en el colegio, la primera vez que te vi. Alzaste la mirada cuando ocupé el asiento junto a ti y me sonreíste. Ya entonces lo tuve claro. Pasó también durante aquel viaje, cuando disparé el flash hacia tu figura y te inmortalicé en mi memoria y en mi retina para siempre. Supe, el día de nuestra graduación, que ésa sería nuestra oportunidad definitiva. Mi único y fatal error fue descubrirlo demasiado tarde, cuando ya otro había puesto sus ojos sobre ti.

Nunca fui capaz.

Me dijeron después que te casaste y tuviste hijos: niños con el color de tus ojos y niñas con tu sonrisa. Con cada nueva vida que alumbrabas tú se iba marchitando poco a poco la mía, por no compartirla contigo.

Lo único que quiero es hacerte saber, antes de marcharme, que te quiero, y que siempre te he querido. Que mis días han sido un poco más oscuros de lo que había planeado al vivirlos sin ti, y que mis noches han sido un poco menos estrelladas por pasarlas en soledad.

Como verás, sigo careciendo del valor y la voluntad para decírtelo en persona, como en verdad mereces, pero pensé que, quizás, escribiéndote lo mucho que me has marcado sería suficiente. Me encanta engañarme a mí mismo.

Cuídate y sé feliz. Hazlo también por mí.

Pablo.

12/12/2008 23:36 Autor: Érika Gael. #. Tema: Así escribo, así soy No hay comentarios. Comentar.

Alma, de Bel Francés - II

FINAL  --  VERSIÓN II 

  El carruaje se detuvo justo cuando desde el cielo comenzaba a gotear.

  Alma esperó a que el chófer abriera la portezuela para poner un pie sobre el barro que se estaba licuando junto a la rueda. Por primera vez en mucho tiempo, no le importó que se ensuciaran los bajos de su vestido, y este hecho colocó una sonrisa tonta en sus labios.

  La casa de Bertrand estaba cerrada a cal y canto. Por un segundo, temió que él ya no estuviera allí y sus ojos esperanzados se oscurecieron con el color de la tarde plomiza. Desde el interior del carruaje le llegó un ligero quejido. Era su hijo. Fue ese sonido el que le dio fuerzas para acercarse a la puerta y golpear el aldabón con fuerza.

  Nada.

  Dio otro par de golpes mientras sentía tensarse los músculos de su espina dorsal.

  No hubo respuesta.

  Con el corazón palpitante de angustia y las lágrimas escociéndole detrás de los párpados, dio media vuelta y se dispuso a subir de nuevo al vehículo.

  Lo había perdido. Esta vez no iba a haber ningún dios que se apiadara de ella porque ya era demasiado tarde.

  Corrió los últimos metros hasta la portezuela, que todavía permanecía abierta, buscando el consuelo entre los finos y tersos rizos del niño. Un rayo relampagueó en lo alto e iluminó el pequeño bosquecillo que quedaba frente a la fachada, dejando entrever también una silueta grande y de anchos hombros que se acercaba con la cabeza gacha y arrastrando el paso entre los árboles.

  Las lágrimas que Alma había estado tratando de contener se desbordaron en un instante como un dique que se rompe cuando su uso ya no es necesario. Aferró el manillar con ambas manos sin atreverse a dar un paso hacia adelante, consciente del aspecto ridículo con que se veía ahora mismo y sin saber qué decir.

  Ya no servían los discursos, ni las palabras bellas ni promesas de contrición o gestos de arrepentimiento. Todo carecía de valor mientras la silueta seguía deslizándose entre el paisaje, ajeno al bullicio que desencadenada en la cabeza de la mujer.

  -Bertrand…

  El murmullo, que más que una voz humana parecía un silbido del viento, cogió a Bertrand por sorpresa. Alzó la vista y las emociones se arremolinaron en su interior pugnando por salir.

  -Alma…

  Cada pensamiento de odio y autodestrucción de los últimos días, la melancolía, el deseo de terminar con todo y con todos, la desesperante e inequívoca sensación de pérdida, se vino abajo cuando contempló la imagen de la mujer de su vida, hermosa y tan confundida como él, parada frente a su casa. Por la ventanilla de la carroza intuyó el flequillo de su hijo y lágrimas de alivio lo embargaron. Quería besarlos a los dos, quería reír con ellos, sentarse a la mesa y alimentarlos, quería compartir sus penas, aprender de ellos. Quería amanecer sabiendo que sus caras sonrientes le habían aguardado más allá de la oscuridad de la noche, protegerlos, mimarlos, dejarse ayudar por su valentía y su tesón.

  Pero, sobre todo, quería fundirse con Alma en un abrazo infinito que los uniera de una vez por todas, así que eso fue lo que hizo. Trotó con ímpetu el trecho que los separaba y empujó a la mujer que lloraba y le sonreía a la vez hasta apretarla fuertemente contra él. Nunca más la iba a dejar escapar otra vez.

08/09/2008 21:30 Autor: Érika Gael. #. Tema: Así escribo, así soy No hay comentarios. Comentar.

Alma, de Bel Francés

FINAL  -  VERSIÓN I

Nada más dejar atrás el límite de Pas-de-Calais, una ligera llovizna comenzó a golpetear los cristales de las ventanillas, despertando a Alma del cálido letargo en que se hallaba. Los cabellos rebeldes de su hijo le hacían cosquillas en la mejilla, donde se apoyaba, y la mujer sonrió ante un contacto que estuvo a punto de perder.

  El grito del cochero la hizo incorporarse rápidamente, con cuidado de no asustar al pequeño.

  -¡Sooooo!

  La carroza se frenó con brusquedad y Alma asomó la cabeza por la portezuela entreabierta.

  -¿Qué sucede, monsieur?

  -Se acerca otro carro, madame. Tenemos que dejarle pasar.

  Alma se dejó caer de nuevo contra el asiento mientras el ruido de cascos cada vez más cerca iba penetrando en su cabeza. A ese paso nunca llegarían al sur, se dijo. Cuanto más impaciente se ponía ella, más obstáculos encontraban. Suspiró y se dedicó a contemplar el húmedo paisaje que la rodeaba, distorsionado por las gotas. No podía esperar para ver a Bertrand y decirle todo aquel discurso que tenía preparado.

  -¿Maman?

  La voz soñolienta de su hijo le sacó una sonrisa. Al menos, a él ya lo había recuperado y no iba a volver a apartarse de su lado jamás. Ni del de su padre, si él se lo permitía.

  -¿Por qué no nos movemos, maman?

  -Otro carruaje nos pidió paso, car…

  No le dio tiempo a terminar. En ese instante, un golpe seco sacudió el vehículo y demasiado tarde se dio cuenta Alma de la ausencia del ruido insistente de los caballos. La otra carroza no les había sobrepasado, como pensaban, sino que se había detenido justo a su lado y dos de sus ocupantes habían descendido de ella.

  La portezuela del niño se abrió y unos brazos fornidos agarraron su pequeño cuerpecito, arrastrándolo hacia fuera con ellos.

  -¡No! –Alma gritó desesperada al ver cómo su hijo desaparecía del interior.

  Bajó ella misma del carruaje y, sin importarle la intensa lluvia  que le estropeaba el peinado y el barro que ensuciaba los bajos de su vestido, echó a correr hacia la otra orilla del camino. Poco importaban ahora esos detalles que tanto le habrían preocupado antes.

  Ahora sólo importaba gritar y luchar por evitar que quienquiera que fuese se llevase a su hijo. Pisó un charco y resbaló dentro de él, pero un brazo masculino con la manga empapada la sostuvo en el aire. Le clavó las uñas en los músculos y tiró de ella en dirección contraria. Alma se sintió perdida y le rogó ayuda al cochero, que la miraba impasible. Iba a morder la mano que la estrechaba cuando el desconocido la giró y enfrentó sus ojos.

  -¡Bertrand! –su grito fue ahogado por el beso del hombre. Su hombre. Su beso. El más sincero, tierno y generoso de los que alguna vez habían compartido. Como si el tiempo se detuviese e incluso la lluvia volviese a subir hacia las nubes.

  Cuando se separaron, ella recordó que alguien se había marchado con el niño y quiso poner sobre aviso a Bertrand.

  -No te preocupes, Alma. El niño está con su tío, yo mismo se lo pedí. Aunque las formas no fueron las más adecuadas, debo reconocer…

  Alma se sentía incapaz de reaccionar, envuelta en la confusión ante su sonrisa descuidada.

  -Pero… pero…

  -Shhhh –Bertrand rozó sus labios para hacerla callar-. Lo único que quería era unos momentos contigo a solas. Tan sólo un minuto para demostrarte por qué tú no deberías rechazarme y por qué yo no pienso volver a hacer caso de tus rechazos nunca más.

  Un rayo relampagueó en el cielo e iluminó la figura de dos amantes fundidos en un abrazo de entrega.

07/09/2008 19:12 Autor: Érika Gael. #. Tema: Así escribo, así soy Hay 2 comentarios.

La **** condesa

OTRO EJERCICIO DEL TALLER, UNO DE LOS QUE MÁS HE ODIADO Y AMADO A LA VEZ, BASADO EN EL LIBRO "CITAS EN EL MÁS ALLÁ" DE KIMBERLY RAYE

La condesa Lilliana Arabella Guinevere du Marchette pulsó el botón pause en el mando a distancia de su DVD con una pulida uña color burdeos. La imagen del Conde Draco contando murciélagos se congeló en pantalla. Oh, claro, contar hasta diez es fácil, querido, pero atrévete tú a deletrear las cantidades exorbitadas de la Visa…

  Levantó sus nobles posaderas del sillón con garras de león y estampado de telarañas y, suspirando, se acercó levitando a la estantería de las pelis. Mientras sus grandes y poderosos ojos negros se deslizaban por los títulos en busca de algo más… gratificante, canturreó con voz fantasmal la sintonía de La Familia Addams. Sus carnosos labios pintados a juego con las uñas se ampliaron cuando dio con lo que quería.

  “¡Ajá! ¡Buffy, Temporada 1!”

  Una buena sesión de patadas en el culo era lo que necesitaba para sobrellevar el cargante legado de tradiciones de ilustrísimas generaciones de ancestros. Que si las copas de plata, que si el agua bendita, que si el fuego azul… Uf. En una palabra: agotador. ¿De qué servía la sangre aristocrática cuando ni siquiera podías ponerte un biquini? Lo que daría ella por darse un buen chapuzón en una piscina como la de Melrose Place a plena luz del día…

  Se inclinó sobre su eje para cambiar el disco y el ceñido vestido de terciopelo repujado la constriñó más aún. Soltó un sonoro taco que debió de retumbar en todas las catacumbas cuando las ballenas del corsé granate se le clavaron en el generoso pecho blanquecino y el almidonado cuello de encaje negro se le enredó con los pendientes de perlas grises. Maldito atuendo gótico-vampírico. ¿Es que nunca iba a poder ponerse unos vaqueros sin que sus tataratataratatarabuelos se revolvieran en sus ataúdes? Porque ésa era otra, los ataúdes.  Cada vez que un catálogo de Ikea aparecía en el buzón, se le caía la baba al contemplar los colchones cuadrados, redondos, rectangulares… de todas las formas y grosores. ¿Y para qué? Para, al final de la noche, tener que acabar embutiendo sus generosas curvas en una sofocante caja de madera con sábanas de satén que se enredaban entre los muslos y dejaban horribles surcos en su piel.

  “En fin”, pensó mientras se acomodaba su recogido caoba sobre la cabeza, “las autoridades sanitarias advierten que la sangre rancia perjudica seriamente la salud”. Y, mientras siguiese soltera, peor que se iba a poner…

  Le hincó el colmillo a un Frigo Drácula y se repantigó de nuevo en el sillón, dispuesta a olvidarse durante un rato de su tétrica y larguísima existencia.

01/09/2008 03:41 Autor: Érika Gael. #. Tema: Así escribo, así soy No hay comentarios. Comentar.

Al amparo de la noche

OTRO EJERCICIO DEL TALLER. ÉSTA ES MI VERSIÓN DE UN FRAGMENTO DEL LIBRO HOMÓNIMO ESCRITO POR KIT GARLAND.

-¡Will!

Teddie corría sujetándose las faldas a la altura de las rodillas.

-¡Will!

Los rayos de sol proyectaban su sombra alargada desplazándose sobre la arena y enviaban serpenteantes gotas de sudor entre la piel y su vestido. Cuando se acercó a la orilla, una explosión de diminuta agua pulverizada le azotó el rostro. Sin importarle, siguió adelante, empapándose cada vez más.

Will la miró durante un segundo, antes de verse arrastrado a sus brazos sin oponer resistencia. Tampoco protestó cuando las manos de ella rozaron las cicatrices que el látigo había dejado en su espalda.

-Dios mío, Will, estás ardiendo.

-No te preocupes, Teddie, estoy bien –repuso él con dificultad. Las fuerzas hacía ya tiempo que se habían ausentado de su cuerpo -. De verdad. Vamos, no llores, por favor.

-¿Llorar yo? –aunque sus ojos estaban anegados de lágrimas y casi no podía verle, se las arregló para dirigir una sonrisa burlesca en su dirección.

-De veras, Teddie, estoy bien. Hasta nos dan de comer –su voz traslucía la rabia que sentía.- Aunque supongo que no lo suficiente como para que escapemos.

En cuanto oyó la palabra “escapar”, Teddie lo abrazó con más fuerza si cabía.

-Ni siquiera se te ocurra, William –el volumen de su voz había descendido hasta lo casi inaudible. El susurro salió silbante de sus labios y trepó por el oído de Will-. Ni siquiera.

Will suspiró.

-Demasiado tarde, hermanita.

 

12/08/2008 13:09 Autor: Érika Gael. #. Tema: Así escribo, así soy No hay comentarios. Comentar.

Opresión

                A través de la molesta pluma pude comprobar que un nuevo invitado había llegado a la fiesta. Bajo las imponentes puertas dobles, la guardia del duque de Stratford se hizo a un lado. Un hombre alto, sin disfraz, se abrió camino entre la multitud eufórica, silenciándola a su paso. Los cascabeles de los bufones tintinearon; luego se detuvieron. El extraño posó su mirada sobre las joyas de las damas; éstas refulgieron. El reflejo destelló en las paredes de brocado blanco y oro y todo se fue llenando de una opacidad flemática. El burdo cordón de terciopelo se dilató y la lámpara de araña que sostenía se cernió amenazadora sobre nuestras cabezas. Pesada. Abrumadora. El techo, de pulcra escayola, descendió con avidez unos cuantos centímetros y el aire se volvió plúmbeo, irrespirable. Mis tímpanos, mi garganta, mi pecho. Vibraban con un agudo insoportable. Mis tímpanos, mi garganta, mi pecho. Se inflamaban hasta el dolor. Suelta esa maldita cosa, quise escupirle al arpista. Pero la imagen del arpa sobre la tarima de madera turbia sofocó mis palabras. Uno a uno, cayeron todos los instrumentos. No quedaban más opciones. Era el silencio el que me hería. Era el silencio el que me estaba haciendo eso.

                Mi cabeza se desplomó son control hacia adelante. ¿Qué demonios me pasaba? Las velas sobrecalentaban mi nuca desde sus candelabros de plata. ¿Qué era aquello? Antes de cerrar los ojos, oí un jadeo al otro lado de la habitación. Aire. Procedía de las vidrieras, separadas por columnas de estilo clásico. Aire. Los cristales de colores temblaron y se convirtieron en un millar de astillas que sobrevoló el ambiente de gelatina. Aire. Era una agonía. Aire. Aire. Aire. La consciencia me abandonó. Justo antes de desplomarme sobre el suelo, vi que mi propio sudor se mezclaba con la sangre espesa y oscura que serpenteaba entre las baldosas de travertino.

20/07/2008 14:56 Autor: Érika Gael. #. Tema: Así escribo, así soy No hay comentarios. Comentar.

Mente-cata

Realmente he terminado por darme perfectamente cuenta que la que escribe es, en su propia opinión personal, una verdaderamente fanática de la utilización de los adverbios que acaban en -mente, las formas verbales compuestas, pretéritas y pasivas, y las yuxtaposiciones y subordinaciones varias.

La que escribe, por tanto, está completamente de acuerdo en lo cargantemente, pedantemente y arcaicamente que resulta su estilo literario cuando no se preocupa de cuidarlo como éste realmente se merece, un horriblemente adquirido vicio en mi otra profesión, la de estudiante universitaria veinte horas al día, y profusamente practicada. Como les sucede a los buenos cantantes, que se ven obligados a emplear frecuentemente técnicas no del todo ortodoxas cuando les contratan en alguna orquesta de pueblo, y eso acaba por perjudicar seriamente sus cualidades vocales e interpretativas, fuertemente arraigadas, podría decirse igualmente que, a una servidora, el hecho de verse forzosamente obligada a desarrollar extensamente ideas someramente expuestas, para entonces ser capaz de rellenar el mínimo número de folios exigidos en las diversas entregas, prácticas, trabajos, informes, y demás obligaciones académicas, acaba por afectarle a las neuronas preocupantemente, y éstas deciden, arriesgadamente, optar por tomarse libremente las atribuciones que menos les convienen y, así, incluir todo tipo de adverbios finalizados en -mente, formas y giros verbales rozando el límite de lo incorrectamente escrito y, por último, oraciones imposibles de leer solamente en una inspiración y que, eso sí, estéticamente quedan realmente preciosas sobre el papel cuando la abajo firmante puede comprobar que, de una miserablemente corta anotación mental, tiene la competencia lingüística suficientemente desarrollada como para dar lugar a una extensamente profusión de renglones y párrafos que, seguramente, le ayudarán a proporcionarle una alta nota en la asignatura de rigor.

En otras palabras: mi verborrea escolar es perjudicial para mi salud literaria. Soy capaz de escribir con sólidez y depuración si me lo propongo, pero en cuanto me descuido un poco... ¡ZAS! Ataca el subconsciente y ahí hay un nuevo adverbio de más, un montón de comas sin sentido o una forma verbal de cuatro palabras que se podrían resumir en una. Así que, ¡a practicar, Érika! Espero haber soltado los mentes suficientes en este texto como para que se me pase el síndrome de abstinencia por una buena temporada...

05/07/2008 15:18 Autor: Érika Gael. #. Tema: Así escribo, así soy Hay 3 comentarios.


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